martes, 6 de octubre de 2009

1. Parte del cielo


Todos los días a la misma hora me acerco al enorme ventanal de la oficina y miro un rato el cielo. Esta es una costumbre que adopté hace muy poco. Una costumbre que me contagió Constanza.
Constanza era... Constanza es una chica que conocí en la biblioteca.
Fue una tarde de febrero. Me había pedido el día en el trabajo para prepararme para un examen de historia argentina bastante complicado de la facultad. Mi plan era hacer lo que hice siempre: Tomar una torre de libros, acaparar una mesa y quedarme hasta las diez de la noche para terminar mis apuntes. Después, pasar la madrugada estudiándolos, y a la mañana siguiente rendir el examen e ir a trabajar sin haber pegado un ojo. Típico.
Cuando me acomodé en mi mesa de siempre advertí que, sentada en un rincón, estaba una chica a la que jamás había visto. Era joven, no tenía más de 20 años, si los tenía. Era linda, pero lo más llamativo de todo era su pelo. Su color, naranja, parecía iluminar todo el salón. Era brillante, con luz, y a toda vista se notaba que era natural. No es que sea un especialista, pero se notaba.
Cuando la vi, tenía los ojos clavados en un libro de poesía francesa. Baudelaire para ser exactos. Leía casi como si estuviera bebiendo cada palabra. Movía los labios al ritmo de la prosa y su vista, iluminada por el extraño color violeta de sus iris, se mantenía clavada a las hojas amarillentas de ese viejo tomo. Debo haberme quedado mucho tiempo mirándola, porque se dio cuenta y, en lugar de hacerse la tonta y seguir en su mundo de poetas malditos, decidió acercase a mi mesa.
- Perdón- me dijo con voz suave, casi susurrando- si lo que mirabas era el libro, allá hay más como este- y me señaló la sección de “andate al carajo”.
- Si, gracias- respondí, entre la timidez y la forzada indiferencia.
- Me llamo Constanza- se presentó. Cuándo estaba por decirle mi nombre tomo el libro que tenía en la mano, lo cerró y miró la tapa- Historia- dijo casi con asco- ¿Te interesan estos vejestorios?
- Si- respondí algo ofendido- de hecho, estoy estudiando para ser historiador.
- Que divertido- señaló, irónica.
- Entiendo que el tema no te interese...
- No es que no me interesa- Me interrumpió- lo veo inútil. ¿Para qué necesito llenar mi cabeza con cosas que pasaron hace miles de años y que ya no puedo resolver?
- Bueno- dije, pensando una respuesta inteligente- para saber de donde venimos y hacia donde fuimos en el pasado, y para no cometer los mismos errores una y otra vez.
- ¿Y nos fue re bien con eso, no?- rió, y también reí. No podía negar que tenía un buen punto- Es que- continuó, ahora en serio- entiendo que te interese, pero no le veo la utilidad. Es que lo que pasó, pasó, y lo que va a venir todavía no llegó. Además, si yo me equivoco, me gusta aprender de mis errores y no aprender en base de lo que le pasó a, no se- abrió mi libro al azar- Dorrego.
Por un momento no supe que responderle. Tenía ganas de darle la razón, porque creo que la tenía, pero admitirlo sería también admitir que estoy estudiando al pedo. Por eso mismo, cambié de tema.
- Entonces, ¿lo tuyo es la poesía?- pregunté, señalando su libro.
- No necesariamente- respondió mientras se quitaba un brillante mechón naranja de la frente- me gusta lo que me inquieta estéticamente. En poesía, solo los franceses logran eso en mí.
- Y para los que no leemos poesía, ¿Qué podrías recomendar para “inquietar estéticamente”?
Constanza se quedó unos segundos en silencio, como dudando si yo era suficientemente digno como para ser parte de su mundo. Finalmente cedió, me tomó del brazo y me dijo “seguime”.
Salimos del salón principal de la biblioteca y fuimos por un estrecho pasillo hasta una más estrecha escalera en la que yo jamás había reparado. Luego de unos pocos minutos de ascenso (cuatro, cinco pisos, no sé) llegamos a la terraza.
En ese barrio predominan edificios de 10 0 12 pisos, no muy altos, pero lo suficiente como para dejar pequeña a la biblioteca. Así y todo, pese a las moles, la terraza tenía una linda vista, un paisaje netamente urbano que se desenredaba bajo nuestros pies
- Acá está la obra de arte más inquietante del universo- anunció Constanza.
Con cara de idiota, mire a un lado y al otro, esperando un totem, una escultura o al mismísimo Pablo Picasso haciendo un graffitti. Ella se dio cuenta de lo perdido que me sentía por eso se acercó a mí, agarró con fuerza mi mentón y apuntó mi vista hacia arriba.
- ¡Tarán!- canturreó irónica.
- ¿El cielo?- pregunté bastante decepcionado.
- ¡Claro! Es perfecto.
- ¿Por qué te atrae tanto?- pregunté aburrido, mientras me prendía un cigarrillo.
- ¿Cómo “por qué me atrae”?- preguntó como si fuera una obviedad- Mirá para abajo: vas a ver gente que se levanta temprano, va a trabajar, almuerza, trabaja, vuelve, come, los más afortunados cogen, vuelven a dormir y vuelven a levantarse a las 6 de la mañana. Abajo todo es gris. Nada es sorpresa. En cambio el cielo es azul, es gris, es negro, llora, ruge, ilumina... además, contemplarlo es contemplar el infinito. Yo miro para arriba y tal vez esté mirando directamente a un agujero negro. Si miras para abajo, como muy loco, ves un tipo atándose los cordones.
- ¿Tanto?
- Y más- y agregó en un susurro- siempre quise ser parte del cielo.
- ¿Metafórica o metafísicamente hablando?- pregunté algo inquieto.
Constanza se quedó en silencio, y tuve la sensación de haber metido la pata.
- No importa- dijo algo ahogada, corriendo una cortina de fuego por sobre sus ojos- de todas formas, no me entenderías.

Al día siguiente fui a dar el examen luego de casi 17 horas de estudio ininterrumpido. En ese tiempo, por suerte, pude recuperar lo perdido la tarde anterior en la biblioteca. Por suerte pude terminar la evaluación a tiempo y la aprobé raspando. De cualquier modo, la alegría que eso me causó me duró bastante poco, porque aún tenía una pregunta clavada como una espina en mi cabeza: ¿Qué le había pasado a Constanza?

Esa misma tarde, después de la facultad, pasé por la biblioteca para buscarla. Caminé sobre la alfombra sin ruido hasta el salón, pero no estaba ahí. Caminé inquieto desde Historia Universal hasta la hemeroteca. Después seguí por Literatura Inglesa y me cansé de buscar en Filosofía Moderna. En medio de mi preocupación vino a mi mente una brisa de esperanza. Me estrellé la frente con la mano abierta por no haberlo pensado antes: La terraza. Constanza estaba en la terraza.
Subí lentamente la angosta escalera y cuando salí al techo, el sol me dejó momentáneamente ciego. Luego de unos segundos, la vi. Estaba acostada en el suelo, jugando con una bandita elástica mientras su mirada se perdía en un vasto cielo azul, con apenas unos pocos jirones blancos que lo manchaban.
- Constanza- la llamé.
- ¡Historiador!- me saludó con una sonrisa- ¿Viniste a escarbar más tumbas de proceres?
- No- le respondí sin disimular que lo que me había dicho me causó gracia- te vine a buscar.
- Me suena porno- dijo lasciva.
- No es porno- intenté disimular mi vergüenza- te quiero mostrar algo.
- Ajá. ¿Y eso no me debería sonar porno?
- Si querés lo haecemos porno- la desafié- pero no era lo que estaba buscando.
Ella se rió muy fuerte, tanto que espantó a unos pocos pájaros que estaban contemplando el mundo desde el borde de la terraza.

Desde la biblioteca hasta mi oficina hay unos diez minutos en subte. Constanza y yo viajamos parados pero cómodos, hablando de cualquier cosa. Después del viaje subimos por la escalera eléctrica y caminamos dos o tres cuadras hasta el inmenso edificio donde trabajo.

En recepción, presenté a Constanza como mi prima, lo que hizo que ella debiera alejarse para disimular (mal) la risa que eso le había causado. Después del OK de la gente de seguridad, subimos 24 pisos por el ascensor hasta el lugar donde se ubica mi oficina.
- Esperame atrás de esta puerta de vidrio, en cinco minutos salgo- le dije a Constanza.
- No hay problema- respondió ella mientras se enrulaba un mechón anaranjado que caía sobre su cara- pero quiero aclarar que no voy a hacer nada porno delante de toda esta gente.
- Una lástima, ya había contratado camarografo- le dije. Mientras me alejaba, escuché una pequeña carcajada.

Luego de hablar con mi jefe y de pedirle que me permita arrancar la jornada unos minutos más tarde le dije a Constanza “vamos”. Volvimos a subir al ascensor y fuimos 15 pisos más arriba. Después bajamos y subimos por una descuidada escalera que llevaba al techo del edificio. Con la llave que le había pedido a mi jefe, abrimos la desvencijada puerta y salimos al exterior.
Cuando salió, Constanza se quedó helada. El cielo estaba azul, casi violeta, como sus ojos. A lo lejos podía verse parte del río. Alrededor, unos pocos edificios de gran tamaño, pero que no obstruían la increíble vista que teníamos en ese momento ella y yo, únicos testigos del infinito.
- Y he aquí el cielo- dije haciendo una reverencia.
Ella, muda, se acercó a la orilla y, apoyándose en la pared, miró hacia el horizonte. Después, lentamente, se acercó hasta mí, me abrazó y en el más impenetrable de los silencios, me besó en la mejilla.
- Es lo mejor que podías regalarme- susurró.
Nos quedamos unos cuantos minutos en silencio, hombro contra hombro, mirando como de a poco oscurecía. El cielo iba tornando su celeste diurno hacia un azul oscuro, aviso infalible que la noche estaba a la vuelta de la esquina.
De pronto, Constanza rompió el silencio.
- ¿Te acordás lo que hablamos ayer sobre el cielo?- me preguntó
- Si, que vos querías...
- Si, si- me interrumpió y se volvió a callar, pero enseguida agregó- Nunca me sentí parte de este mundo, de esta sociedad. Nuca entendí que las reglas también eran para mí. Las desconozco. No es que sea una inconformista o una punk. Simplemente vivo al margen de todo por el simple hecho de que todo me importa muy poco. No me interesa la gente, como viven, como trabajan, como garchan. De hecho no veo gente, veo robotitos que van de un lado al otro, y yo nunca me sentí robot- suspiró- en cambio veo el cielo y siento que soy parte de él, como un testigo mudo, sin opinión, que existo solo por existir, que cambio, que lloro, que brillo y que me oscurezco. Que puedo ser tu mejor aliada o tu peor enemiga. Por eso, si me miro los pies, siento que estoy flotando en nada, y si miro hacia arriba, no me preguntes por que, mi corazón me dice que estoy mirando mi casa.
- Entonces- pregunté, esta vez más cauteloso- ¿Sentís que tu casa es el cielo, pero no el cielo como paraíso o casa de dios, sino que sos un fragmento de él?
- Exacto- me respondió con naturalidad.
No supe que responder a eso y, honestamente, estaba más preocupado por volver al trabajo que en esa extraña historia así que, con tacto, le propuse bajar.
- Andá a trabajar- me dijo risueña- yo me quedo quieta acá y, cuando salgas, nos vamos.
- Tengo para unas ocho horas- respondí.
- No importa- me respondió y volvió a mirar el horizonte- me gusta acá.

Llamé por teléfono a seguridad advirtiendo que "mi prima" se había quedado en la terraza para “sacar algunas fotos” y, después, bajé hasta la oficina.
Durante el trabajo, pensé bastante poco en ella. Cada tanto me la imaginaba dándose calor en los brazos con las manos, o acurrucada en un rincón, tiritando de frío, pero con la obsesión de no dejar de mirar al cielo.

Cuando terminó mi jornada ya era de noche, así que le pedí prestada una linterna al encargado de mantenimiento de la oficina y me fui a internar a la espesa oscuridad de la terraza. Llamé a Constanza dos, tres, mil veces, pero nadie respondió. Recorrí todo el terreno, pensando que podía haberse quedado dormida, pero no estaba en ningún lado. Con el celular llamé a seguridad, y les pregunté si “mi prima” se había retirado del edificio en algún momento. La respuesta fue negativa.
Entonces pensé lo peor. Constanza estaba deprimida, estaba confundida, no se sentía parte de este mundo y para sobrevivir, había creado esa idea de ser “el cielo” ¿Y si la depresión la venció?, ¿Y si decidió acabar con todo de un solo golpe?. Me asomé por el borde y miré hacia todos los costados. Abajo la vida seguía como siempre, poca gente caminaba a esas horas de la noche por la zona y, por suerte, no había ninguna señal marcada en tiza señalizando una tragedia.
Angustiado, volví a mi casa ¿Qué más podía hacer?

Después de una noche de insomnio, me levanté resignado de la cama y, mientras me preparaba un desayuno sencillo, prendí el televisor. Ninguna noticia nombraba a una chica de pelo naranja desaparecida, secuestrada o muerta. Mi parte optimista se alegró, pero la pesimista me dijo “todavía es muy pronto”.
Más tarde fui a la biblioteca, pero tampoco tenían noticias de ella. Pregunté por su dirección o teléfono, pero nadie sabía estos datos. No tenía ficha de socia. Ella tan solo entraba y salía en cualquier momento, porque asistía a la biblioteca desde hacía mucho tiempo. Así y todo, jamás tuvo un dialogo sustancial con nadie, y nunca dijo nada sobre su vida privada.
Pensé en denunciar el caso a la policía, pero ¿Qué iba a decir? No sabía quién era, ni donde vivía. Es más, ¡Ni siquiera sabía si Constanza era su verdadero nombre!

Llegué al trabajo con un fuerte dolor de cabeza. Apenas me senté frente a la computadora, sentí como si un millón de agujas salieran del monitor y se clavaran en mis ojos y mi frente. Así no podría hacer nada. Fui hasta la oficina del jefe y le pregunté tímidamente si podía tomarme diez minutos. Sin dudarlo respondió que si, que lo que quisiera. Voy a tener que agendarme cuando es su cumpleaños

Fui al ascensor y subí hasta el último piso. Después seguí subiendo por la descuidada escalera y, por fin, la terraza. Ahí me apoye en el mismo lugar donde había estado Constanza. Encendí un cigarrillo y, tras una larga aspirada, escupí el humo hacia arriba. En ese momento el cielo comenzó a cambiar, como si el sol estuviera haciendo un truco de magia. Poco a poco todo se fue tiñendo de naranja. Un naranja fuerte, intenso.
El cigarrillo se me escapó de los dedos al mismo tiempo que una pequeña lágrima y una gran sonrisa.
Creo que en el profundo silencio de las alturas pude escuchar un “te lo dije”, pero nunca voy a estar seguro.

1 comentario:

  1. genial, genial la historia (la foto tambien es hermosa, me gustaron todas las que vi hasta ahora -me fume todo el blog anterior-)..
    A lo mejor porque soy medio boluda, pero no me esperaba ese final y me encanto!
    sigan asi chicos que lo hacen muy bien!
    los quiero mucho!!
    ..::belu::..

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